Dejad que llueva

Definitivamente, el tiempo se ha vuelto más loco que la que firma este post. ¡Y la de vueltas que da la vida!

Siempre se ha dicho que en Santiago de Compostela la lluvia es arte; pero últimamente empieza a ser un bien escaso.

Los inviernos de mi infancia los recuerdo fríos, grises, oscuros y, sobre todo, lluviosos. Llovía mientras iba al colegio, cuando estudiaba en casa y durante los ratos que veía la tele. También mientras dormía. Llovía de día y llovía de noche. Llovía y llovía sin parar. Podía perfectamente empezar a llover en septiembre y parar en mayo jjajajaj, con algún pequeño descansito para que viésemos el sol. Pero…poca cosa…sin acostumbrarse. Lo justo para ir a jugar a la calle y mancharse la ropa lo suficiente como para que tu madre te riñese un poco. ¡Eran otros tiempos!.

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Y teníamos además diferentes grados de lluvia. Para empezar estaba ese orballo que parece que no moja pero que ¡vaya si moja! Te puede calar hasta los huesos como seas de los listillos que no abre el paraguas por ese calabobos de nada.

Luego está esa lluvia que empieza a caer finamente y que poco a poco apura el ritmo como un buen atleta que acelera durante los últimos metros de una carrera. Alguna rara vez dura poco. Lo normal es que transcurran horas o días. Y si además tienes la “fortuna” de que sople el vientecillo…da igual que abras el paraguas o no. ¡Te vas a poner pingando! Eso siempre que el vientecillo no alterne con rachas huracanadas que te ponen el paraguas del revés a la mínima, siempre que no aspires a cruzar la plaza del Obradoiro  emulando a Mary Poppins.

Galicia en negro

Pero eso era antes. ¿Antes de qué? Antes de que el mundo enloqueciese cambio climático mediante. Ahora llueve poquísimo y Galicia arde a lo loco en un mes de octubre superseco, supercálido y superraro. Tras esa ola incendiaria, se vino abajo el refrán de que nunca llueve a gusto de todos. Pasados el 14 y 15 de octubre, sí llovió a gusto de todos. Se purificó el ambiente y se apagaron los fuegos.  Y en aquella vieja Compostela, donde la lluvia solía ser arte, el agua pasó a ser una necesidad. Nadie quería volver a ver caer del cielo ceniza. Nevaba en negro.

Eso sí. El negro quedó instalado en las 50 mil hectáreas calcinadas y en el corazón de todas las personas que quedaron sin casa, sin propiedades y en el peor de los casos también sin vida. Qué curioso que ocurra cuando estos días se cumple el décimoquinto aniversario del accidente del Prestige. Por aquel entonces, la mancha negra en forma de chapapote vino del mar.

Que las gotas de lluvia escondan mis lágrimas

Recuerdo aquella canción de los Temptations “I wish it would rain” (desearía que lloviese), donde un amante despechado desea que desaparezca el sol y el buen tiempo porque su chica se ha ido con otro. Acaba gritando “let it rain” (dejad que llueva). Lo que nunca llegué a pensar es que aquí acabaríamos pidiéndolo literalmente.

Nunca se puede dar nada por sentado en la vida. Ni siquiera la lluvia.  Puede que no haya un mañana. Nadie lo tiene asegurado. Y todo puede cambiar en un plis.

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Nos vemos prontito. Saludos. También puedes seguirme en twitter @cuadernodesofia.

#lluvia #incendios

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El final del camino

Hola!!!

Hace unos días, Televisión Española emitió el último capítulo de “El final del camino”. Lo lamento especialmente como compostelana, ya que la serie nos presentaba, en una mezcla entre historia y ficción, el día a día de la Compostela medieval, mientras comenzaba la construcción de la primera catedral románica, aún a día de hoy el monumento más representativo de la ciudad.

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Entre los personajes creados para darle vida al guión de la serie, se cuelan algunos personajes históricos como Diego Gelmírez, primer arzobispo de Santiago y personaje clave para la aparición y difusión del fenómeno jacobeo, incluyendo la culminación de las obras del templo.

Jaime Olías da vida en la serie al arzobispo Gelmírez, un personaje que se presenta como ambicioso y manipulador, políticamente muy hábil y que, quizás buscando su propia luz, intenta convertir Santiago en un importante centro internacional de peregrinaciones al nivel de Roma.

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Con Gelmírez se construyó también, anexo a la catedral, el palacio arzobispal. Conocido también – ¡faltaría más! – como pazo de Gelmírez. Ahí os dejo unas fotillos actuales, desde la plaza del Obradoiro.

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Lo cierto es que el nombre de Gelmírez está tan unido al de Santiago de Compostela, que no sólo da nombre a alguna vía pública, sino a dos institutos de la ciudad. Entre ellos…jajajaj…¡el mío! Ahí va la plaquita de la entrada, aunque no se lee muy bien. Arcebispo Xelmírez II. Aquí estudié yo el antiguo bachillerato hace ya muuuuuchos años.

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Entre los logros de Gelmírez figura conseguir el rango de arzobispado para Compostela o finalizar la catedral románica, pero también se cree que dejó  huella para el futuro impulsando de alguna manera el Códice Calixtino, valiosísima joya documental que contiene el Liber Sancti Iacobi, es decir, toda la historia relacionada con el culto al apóstol Santiago. Está considerado, además, como la guía más famosa y antigua del camino.

Historias increíbles y reales

Hace unos años, el Códice saltó a la actualidad porque fue robado de la catedral. Y cuando ya todos nos imaginábamos que estaría en la mansión de algún multimillonario aficionado a las obras de arte medievales, resulta que estaba escondido en un garage a muy pocos kilómetros de Santiago, tras haber sido robado por un electricista que trabajaba en el templo. ¡Vivir para ver! Estoy segura de que si hubiésemos utilizado esta idea para el guión de una película, la hubiesen rechazado por increíble pero…la realidad siempre supera la ficción.

Busca tu camino y descúbrete

Aunque la catedral es una de las mejores cartas de presentación de la ciudad, su importancia va mucho más allá de ser un colosal templo destinado al culto religioso y un monumento de belleza indescriptible…¡que también lo es!.

Al margen de cual sea tu ideología religiosa (si la tienes), la catedral de Santiago es, como dice el título de la serie, el final del camino; de una peregrinación jacobea que se ha mantenido a lo largo de los siglos y que hoy sigue llevando a Santiago a peregrinos de todos los puntos del planeta.

Porque más allá de la belleza de la ruta, de los monumentos que puedas visitar o de las dificultades que presente el propio hecho de peregrinar, el camino de Santiago es sobre todo un viaje espiritual, un billete hacia el interior de uno mismo donde lo fundamental no es tanto llegar a la meta, sino adentrarse en el siempre apasionante mundo del autoconocimiento. Y quizás del propio autodescubrimiento o la aparición de un nuevo yo.

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